Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, por Hans Holbein
Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra.
Retrato por Hans Holbein, 1527.

LAS UTOPIAS RENACENTISTAS,
ESOTERISMO Y SIMBOLO

II. NECESIDAD DE LA UTOPIA
FEDERICO GONZALEZ

El término "Utopía" fue acuñado por Tomás Moro a comienzos del siglo XVI (1516) como título de una célebre obra suya, Utopía, que como hemos recordado quiere decir, o deriva, del término u-topos, o sea de aquello que no tiene lugar, algo que por lo tanto está fuera del tiempo y del espacio para significar con seguridad un asunto imposible de realizar en este universo y relacionado con otro mundo, o sea con una región más allá de estas dimensiones, un ámbito celeste y perfecto donde las cosas fueran en verdad y no signadas por las imperfecciones humanas, una forma de la ciudad celeste, o de la ciudad de Dios.1 Empero esta obra de tipo ideal tiene antecedentes clásicos, lo cual no es de extrañar pues todo el periodo histórico signado con el nombre de Renacimiento buscó en los modelos de la antigüedad de modo consciente las formas que darían lugar a dicho segmento que no en vano se ha denominado así, aun en su propio momento histórico, y posteriormente por haber sido oficializado de esa manera por autores más recientes –como Jacobo Burckhardt– y de allí su nombre, que implica una resurrección de las formas griegas y romanas que fueron sus antecedentes; en este caso concreto como ya se ha dicho, La República de Platón. El mismo Moro fue en su juventud discípulo de Juan Colet –de quien se decía que al escuchársele se estaba oyendo al mismo Platón–, un neoplatónico de Oxford, corresponsal de Marsilio Ficino,2 que seguramente inspiró mediante sus charlas a su grupo, en el que se encontraban Guillermo Grocyn y Tomás Linacre3 (e incluso Erasmo de Rotterdam, con quien nuestro autor mantuvo relación hasta el fin de sus días), y al que pertenecía Moro. Utopía no sólo se convirtió rápidamente en un foco de interés para la Inglaterra del s. XVI, donde de hecho se ubica geográficamente el texto, sino que se hizo muy popular en todo el continente europeo, seguida de otras "ficciones" del tipo entre las que cabe señalar la Telema de Francisco Rabelais (Gargantua, 1534), La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella (1602), Un Mundo distinto pero igual de Joseph Hall (1605, firmada: "Mercurio Británico"), Cristianópolis de J. Valentín Andrae (1619), La Nueva Atlántida de Francisco Bacon (1627), etc. etc. y que se han prolongado hasta nuestros días difundiéndose este vocablo de diferentes maneras y adquiriendo diversas formas como pueden ser incluso las llamadas "utopías socialistas" y aún las "utopías negativas" de género literario. Hoy en día los términos utopía y utópico han pasado a formar parte del uso corriente de las lenguas modernas con significados casi siempre de tipo peyorativo, como asuntos imposibles o "ideales" cuando no ingenuidades vacías de contenido y alejadas totalmente de la realidad.

En el caso de Platón se debe aclarar que no sólo pueden considerarse como utopías lo dicho en sus diálogos La República y Las Leyes sino como hemos expresado también lo asentado en sus Timeo y Critias, donde se refiere a la desaparecida Atlántida, el auténtico Arquetipo de las versiones posteriores.

Como se ha señalado en más de una ocasión la influencia de Platón en el primer Renacimiento fue determinante y eso en gran parte se debió a que se conocieron los textos de la totalidad de sus Diálogos, así como varios tratados de Proclo y otras obras, todas ellas traídas por los sabios de Bizancio especialmente en ocasión del concilio que se efectuó en Florencia en 1439 y que por orden de Cosme de Médicis fueron traducidas por primera vez en su totalidad al latín (así como la obra íntegra de Plotino y otros escritos neo-platónicos) por Marsilio Ficino –junto con el Corpus Hermeticum– y que dieron lugar a la refundación de la Academia Platónica en Careggio, dirigida por el propio Ficino.4 Todo esto precisamente llegó a Moro a través de una sólida educación que acabó en sus estudios jurídicos en Oxford, y de su conocimiento del latín y del griego que floreció en su juventud. Algunos del círculo de sus amigos viajaron a Italia y estas ideas de tipo platónico y humanista arribaron a él de manera directa, en forma de libros o bien de modo oral. La suma de ello fue la base de su Utopía, donde se refleja de modo claro su pensamiento de ese entonces. Por otra parte se debe consignar que nuestro autor sintió, junto a alguno de sus amigos, profunda vocación religiosa, a tal punto que frecuentó por cuatro años la cartuja de Londres, lo cual influyó mucho en su vida y sobre todo como dicen algunos de sus biógrafos en la práctica de la meditación y la oración. Sin embargo debe señalarse que en su Utopía mantiene grandes diferencias con la doctrina católica: una de ellas referida a la eutanasia, otra al control y la manipulación genética (como se hace con los animales con pedigree) y otra más al divorcio, amén del casamiento de los sacerdotes y el sacerdocio de las mujeres, así como respecto a los hijos en común, aunque no deja de llamar la atención que su muerte se deba precisamente al desacuerdo religioso respecto al divorcio de su amigo Enrique VIII del que era canciller, lo cual provocó su condena y ajusticiamiento en la Torre de Londres. Es de destacarse el comportamiento de Tomás Moro (Sir Thomas More) en este último recinto y la negativa a retractarse de su opinión lo cual sin duda constituye una elocuente muestra de su integridad moral y el respeto que ella ha merecido al punto de que la Iglesia Católica lo consagró mártir y santo.

Volviendo a su juventud diremos que su pensamiento de orden filosófico y metafísico –aun religioso– tomó a partir de cierta época de su vida un rumbo ligado a la práctica jurídica e incluso a la magistratura, todo lo cual desembocó en una carrera de tipo político, legislativo e incluso diplomático, en parte muy vinculada a su ciudad natal, Londres, y a los avatares de lo social, contrayendo matrimonio e integrándose al medio donde había nacido y desde el cual ejercería hasta su muerte su actividad.5 Algunos autores han aventurado que el modelo que significó su Utopía, concerniente a la ciudad interior, ideal y angélica, o sea, a la ciudad celeste y prototípica, se vio forzado por los acontecimientos propios del "mundo real" del medio en que a Moro le tocó desenvolverse y criticar severamente, en una actividad que trató de paliar la injusticia de la sociedad inglesa de la época, volcando en ella sus fuerzas –incluso los honores mundanos– y ocupándose de ciertos aspectos menores implícitos en su Utopía, dejando de lado su vocación teosófica, trocando la ciudad de Dios por la de los hombres, pese a que sus comportamientos como magistrado fueron ejemplares.6

Con respecto a su libro cumbre y a su formación renacentista y metafísica diremos que el principal antecedente de Utopía en su obra es la traducción que efectuara de un estudio sobre la vida de Pico de la Mirándola preparado por el sobrino de éste, ya que dicho autor, junto con Marsilio Ficino, fueron las luminarias más reconocidas de este primer periodo del Renacimiento platónico-hermético, con componentes de cábala cristiana.

No es difícil trazar una breve sinopsis de Utopía, escrita en forma de diálogo –lo cual recuerda a Platón, tanto como a Luciano, otro de los autores que fue importante en la formación de Moro– no obstante lo condensado y complejo de esta obra que describe una sociedad ideal, y a pesar de las contradicciones que los hombres de nuestra época, y los contemporáneos del autor inglés, podrían advertir en ella; vgr.: ciertas formas muy cercanas a la esclavitud y a las guerras llevadas a cabo por mercenarios.

En el texto se refiere cómo el navegante portugués Rafael Hitlodeo narra a unos amigos en la ciudad de Amberes las peripecias de un viaje en el que ha habitado durante cinco años la isla de Utopía y conocido a sus moradores.

La Isla de Utopía con la apariencia de una cabeza humana
La Isla de Utopía
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Se ha señalado que entre otros antecedentes de esta obra se encuentra el descubrimiento de América7 y la narración que sobre ello efectuó Américo Vespucio en sus célebres crónicas, que sin duda el autor inglés conoció ya que se hicieron muy populares en Europa; en especial se suele mencionar a la ausencia de dinero entre los americanos y a la comunidad de bienes que, como se sabe, se encuentran igualmente presentes en Utopía.8 En definitiva Moro describe en su obra un mundo feliz y una sociedad totalmente protegida de la maldad, la malintención, la fealdad y la mentira constante de los hombres, que bien en algún caso podría ser asimilada a una orden monacal, o a un convento de la época, en donde pueden florecer las auténticas posibilidades de amor, paz, justicia, equidad, solidaridad y belleza, objetivos divinos para los que ha sido creado verdaderamente el hombre en abierta oposición a su organización política, social y económica, a la que no deja de denostar, o sea, al mundo profano, incluso por la incapacidad en el aprovechamiento de los bienes y circunstancias naturales; como ya hemos dicho tanto la geografía como el panorama general que describe es el de Inglaterra, aunque bien puede extenderse al conjunto de Europa y sus gentes,9 es decir prácticamente a la totalidad del mundo entonces conocido, al que recorrió a lo largo de numerosos viajes, todo ello disimulado con un excelente humor y una forma literaria que el propio autor califica de "jocosa" o "festiva".

Todo esto ha hecho que se tomara a esta obra, creadora de un verdadero género de múltiples formas, como un juego, un quehacer lúdico, totalmente ajeno a lo que se entiende por la "realidad", cuando por el contrario no hace sino referirse magistralmente a ella, de un modo mucho más sutil, profundo y universal que su contemporánea El Príncipe de Maquiavelo cuyos alcances son más cortos y elementales, al punto que resulta teóricamente más pobre, incluso provinciana con respecto a aquella.

Desgraciadamente la crítica profana posterior a la Utopía de Moro tomó de modo literal la obra y para explicar este "idealismo" no tuvo más remedio que juzgarla como un entretenimiento banal y snob, apoyándose por otra parte como ya hemos señalado en el "disfraz" con el que el propio Moro la ocultó.

En un estudio como este se pretende por el contrario rescatar el sentido real de las utopías referido a sus contenidos sobre la ciudad o jardín interior, que cada quien posee dentro de sí, e igualmente puede reconocer en sus semejantes, o compartir con ellos, ya sea en el presente o en el pasado, mediante la posesión de su conocimiento secreto, es decir lo que se ha dado en llamar el Colegio Invisible, la Ciudad de Dios, o la Iglesia Secreta.10

Volviendo a la obra de Moro es importante aclarar que no toda la crítica ha sido tan necia como para relegar a categoría de fantasía literaria las utopías renacentistas, encabezadas por la que nos ocupa y ha visto en ellas –como en Platón– no sólo la idea de modelos ejemplares que, de una u otra manera pudieran también ser plasmados de modo concreto11, sino que igualmente las ha valorado como inspiradoras de ordenamientos jurídicos, sociales y culturales y elementos permanentes de debate en sociología y derecho, así como en especulaciones de tipo económico y sobre todo en consideraciones de orden ético.

Y es en esta última condición en la que queremos poner el índice y subrayar su contenido, ya que consideramos por sobre todos los aspectos la validez de la Utopía de Moro y de todas las que la han seguido. Pues no hay utopía sin un profundo sentido ético12 y de allí la necesidad de la utopía, género feliz e imprescindible, inaugurada en el Renacimiento por Santo Tomás Moro y de la cual somos herederos los occidentales y de la que cada vez estamos más necesitados en vista de la degradación generalizada de todos los valores, y del estado de crisis permanente que caracteriza a este siglo XXI que comienza.13

Donde en los distintos medios geográficos puede observarse de acuerdo a diferentes características folklóricas, esta descomposición que también ataca a los nuestros. Pero creemos que sólo será en base a un ordenamiento moral y a los valores que de él pudiesen derivarse que se haría posible reestructurar cualquier intento, en detrimento de cuestiones coyunturales o soluciones fragmentarias –por más "pragmáticas" que fuesen– que no serían sino "parches" más o menos agregados a una realidad que no podría detener su franca decadencia.14

NOTAS
1 En el caso que nos ocupa las influencias de este tipo en el cristianismo no deben buscarse sólo en San Agustín sino también entre otros en Cristina de Pizán (1364-1460) y su libro La ciudad de las damas (Editorial Siruela, Madrid 1995), en el cual a través de una serie de mujeres de Conocimiento se establece una cadena iniciática que la autora considera una verdadera Ciudad.
2 Ver Sears Jayne, John Colet and Marsilio Ficino, Oxford Univ. Press, 1963.
3 Estos dos últimos fueron alumnos de Angelo Poliziano, colaborador y amigo de Ficino.
4 Hasta ese momento sólo se conocían las versiones del Timeo provenientes de la Edad Media (la mitad de la obra original: a partir de la traducción y comentario latinos de Calcidio), y desde dos siglos antes las del Fedón y el Menón, y parte del Parménides gracias al comentario de Proclo, amén de los textos neoplatónicos de Plotino y Dionisio Areopagita y la influencia platónica en Cicerón, Boecio y San Agustín, y textos traducidos de los comentadores aristotélicos y filósofos árabes y judíos neoplatonizantes en el s. XII: Al-Kindi, Al-Farabi, Avicena, Avicebrón (el judío Ibn Gabirol); entre esos textos principalmente el Liber de Causis que, aunque atribuido a Aristóteles era en realidad un resumen de los Elementos de Teología de Proclo –el más importante representante de la última Academia neoplatónica y de cuya escuela procedía asimismo, revestida de una forma cristiana, la obra firmada por el anónimo Areopagita. La República, Las Leyes y otros textos fueron traducidos al latín antes de la publicación de la versión completa de Ficino, alcanzando gran popularidad las que efectuara Leonardo Bruni, canciller que recibió en Florencia a los enviados bizantinos. El Renacimiento no conoció la Res-publica (cosa pública) de Cicerón pues esta obra fue descubierta y publicada muy posteriormente.
5 Lo mismo le sucedió a Colet –y a los demás neoplatónicos del grupo, bajo la influencia de Erasmo– que se amparó en la piedad y el orden institucionales después de esta etapa de pensamiento, y encauza su existencia de acuerdo a una ley y una norma moral con la idea de realizar "el bien", "el humanismo", de lo que da cuenta su conocido colegio y sus avanzados programas de educación.
6 De hecho la ciudad de Dios y la de los hombres no se contraponen, sino que por el contrario la última debe imitar a la primera.
7 Recordamos aquí un poema de S. Juan de la Cruz, que nombra a "una ínsula extraña" lo cual ha sido tomado como una referencia a América.
8 A. Vespucio, El Nuevo Mundo. Viajes y documentos completos. Editorial Akal, Madrid 1985. Especialmente la crónica llamada "Acerca de las islas recientemente halladas en sus cuatro viajes" fechada en Lisboa en 1504, publicada en 1507, aunque el navegante italiano al que debe su nombre América ya se había referido a las características indígenas en sus cartas anteriores. Cristóbal Colón ya había escrito en 1493 una carta a los reyes españoles acerca del tema, ver más adelante Cap. IX, "Cristóbal Colón: La utopía en estado puro".
9 Siempre la negación del mundo y todo lo que ello significa ha de ser la negación del mundo conocido, de un entorno familiar por el que estamos condicionados y que vivimos como falso frente a la realidad del proceso iniciático.
10 O Paraíso mental, Olimpo invisible, como son llamados estos "lugares" de la conciencia por J. Reuchlin en su libro De arte cabalistica.
11 Ver Silvio Zavala: La Utopía de Tomás Moro en la Nueva España, México 1937, sobre el obispo Vasco de Quiroga, y también la bibliografía concerniente a las misiones jesuíticas en Argentina, Paraguay y Brasil.
12 En el sentido de la virtus romana. También recordar colateralmente las cuatro virtudes de algunas tradiciones precolombinas del Norte de América: generosidad, coraje, sabiduría, paciencia.
13
14 La República de Cicerón, obra ya nombrada, no se refiere como podría pensarse por su título a una forma específica de gobierno, o sea al régimen republicano, sino a la res (cosa) pública, en diferentes sistemas como la monarquía, la aristocracia o la democracia. Después de tratar en profundidad las distintas opciones se llega a la conclusión sencilla de que cualquier régimen puede ser bueno si son capaces y virtuosos los que ejercen el poder.