PRESENCIA VIVA DE LA CÁBALA II
LA CÁBALA CRISTIANA

FEDERICO GONZALEZ - MIREIA VALLS
Medalla de Pico de la Mirandola, Conde de la Concordia
Medalla de Pico de la Mirandola, con la leyenda (reverso):
Pulchritude-Amor-Voluptas

CAPITULO III
LA TRADICION HERMETICA Y LA CABALA (4)

Más sobre el Conde de la Concordia
En 1963 y en el contexto de los 500 años de las celebraciones del nacimiento de Giovanni Pico, Eugenio Garín publicó un breve opúsculo sintético –una conferencia– entre numerosos estudios fundamentales que se editaron en aquella ocasión.152

Allí Garín establece la dificultad de abordar su figura y obra fuera de tratarlo retóricamente o de eludir su extraordinaria personalidad en el sentido del influjo que ejerció en sus contemporáneos y que signó su vida a través de los acontecimientos intelectuales y mágicos por los que su existencia fue transcurriendo, como un soplo que apenas duró 31 años, acabando con su muerte que culminó la encarnación de la belleza, del arte y la filosofía de su tiempo, que comenzó a manifestarse desde la cuna y que su madre y familia interpretara de modo religioso e Italia entera de modo sagrado, cuando no supersticioso, dada la fama del bello, rico, poderoso y sabio Conde de la Concordia.153

Su preparación intelectual fue desde adolescente extraordinaria y su genio notorio y brillante desde los comienzos de estudiante en las cortes de Mantua, Bolonia y Padua que destilaban lo mejor de la cultura de la época y donde fue completando su formación, en ese entonces fundamentada en Aristóteles y el tomismo oficial al que van agregándose la totalidad del pensamiento griego, en especial Platón y los neoplatónicos a partir de su ingreso a la Academia de Florencia y muy remarcadamente su interés por el pensamiento judío y otras lenguas orientales que lee en sus textos, a los que manda traducir y estudia con fervor como igualmente lo hizo en 1485 en París antes de regresar a morir a la corte de los Médici, donde culmina su itinerario.

En cuanto al interés por su figura, central en este libro por su propia naturaleza, confesamos haber trabajado en vano en el sentido de querer dejar de lado al personaje fabuloso y en cambio estudiar su obra a cabalidad, haciendo, si se quiere, detrimento de su personalidad en aras de su pensamiento. Opción de tipo reivindicativo histórico que se presentó como inútil y equivocada apenas comenzada a estudiar nuevamente la obra de nuestro actual invitado, en aspectos que no nos eran del todo familiares154 y que sólo tenían razón para nosotros, según vimos, en conexión con lo más importante de su vida y obra en todo sentido, que se sintetizaba en sus 900 Proposiciones, en donde a pesar del caos aparente de textos enunciados desde distintos planos y perspectivas, puede advertirse un cierto ordenamiento secreto, un poder que mantiene estructuras mutables, como las mareas lo hacen con el mar.

A partir de allí volvimos a las 900 Proposiciones155 y nos detuvimos en algunas de ellas en razón de que un autor judío, Chaim Wirszubski, había publicado sobre el tema un libro que hasta entonces no había escrito un estudioso de esa religión y al que ya hemos citado aquí.156 Pero hemos de aclarar que este conjunto abigarrado tampoco nos satisfizo como materia de este capítulo, pues de ocuparse de ello se necesitaría un libro entero, como es el caso del estudio de Wirszubski.

Por otra parte caímos en la cuenta de que estas proposiciones no eran del todo comprensibles sin su prólogo, el Discurso De la Dignidad del Hombre que las introduce y determina. Y que según comprendimos era la clave y esencia de lo que había sido Pico, no sólo para la Cábala, sino en el pensamiento italiano renacentista y la cultura occidental: un auténtico personaje fabuloso, pese a que la historia de las culturas e ideas y su mezquindad, respecto a lo que no se comprende, con la que nosotros también estamos programados, pusiera –y actualmente ponga– cortapisas sórdidas, formales y lógicas, a tanto genio y generosidad.

Por lo que no sólo la Oración representa la totalidad del pensamiento del señor della Mirandola sobre la Cábala sino asimismo sobre hermetismo, filosofía, magia, teúrgia, metafísica, aritmosofía, etc. con el agregado de vislumbrar y comprobar en sus investigaciones la concordia157 entre la totalidad de las ciencias y artes a las que tuvo acceso comenzando con las filosofías de Aristóteles y Platón. Y éste ha sido el aporte original del Fénix de su tiempo, no sólo para Italia sino para el pensamiento occidental en esta fase de su construcción, el primer Renacimiento, una época tan luminosa como fatídica ya que es asimismo el introito a la modernidad, su disociación y pérdida de conceptos y sentido.

De hecho contamos con la excelente edición y traducción de la Oración para la Dignidad del Hombre publicada por Luis Martínez Gómez158 que en su introducción aclara:

Comencemos por señalar que el título dado después al escrito, De hominis dignitate, podría desorientar sobre la intención de Pico. En rigor y de entrada, no es lo digno, la excelencia del hombre lo que trata él de definir o medir. Busca algo distinto y nuevo, no lo alto o digno, sino lo "maravilloso", lo sorprendente y exclusivo del hombre. Como recurso literario, la alusión a dos dichos célebres de un escritor árabe, Abdalah, y del oráculo mítico griego, de origen egipcio, Mercurio o Hermes Trismegisto, tomado por Pico, al igual que la Edad Media y los hombres del tiempo, por un personaje real, voz de la sabiduría. "Es, oh Asclepio, un gran milagro el hombre". Pico advierte que esto no lo es el hombre por la altura de ser que le ha cabido en suerte, pues le superan estratos más altos, como son los ángeles o todo el mundo "intelectual" de las inteligencias separadas. Tampoco se aduce aquí en primer plano como peculiaridad aparte del hombre su condición de microcosmos, o "mundo menor", centro y resumen de la creación, imagen consagrada por la tradición y reactualizada con vigor y nueva luz por autores cercanos a Pico, concretamente por el cardenal Cusano. Pico comienza asentando algo original; lo verdaderamente maravilloso, único y exclusivo del hombre, capaz de despertar la envidia, no sólo la admiración, de todos los demás seres, es la posibilidad dada al hombre para hacerse a sí mismo a su gusto. No se le asigna ningún rostro propio, ningún lugar, ningún oficio. Le pone Dios en el centro para que lo vea todo, le infunde semillas de todo, para que, a voluntad convierta en propio lo que se le ha dado de común con todas las creaturas; todas no las puede ser a la vez, ahí su elección, su libertad. El hombre artífice de su ser.

Pero pasemos directamente al texto de Pico, ya que lo que podamos decir de él se encuentra en la propia Oración y no de modo latente o confuso sino expresado de viva voz y explícitamente. De otro lado el carácter autobiográfico de estas páginas subraya su testimonio y nos acerca a su forma de pensar, afirmándola, por lo que nos abstendremos de muchos comentarios y citaremos directamente el texto, casi de modo antológico, siguiendo el discurso del autor.159

Decretó al fin el supremo Artesano que, ya que no podía darse nada propio, fuera común lo que en propiedad a cada cual se había otorgado. Así pues, hizo del hombre la hechura de una forma indefinida, y, colocado en el centro del mundo, le habló de esta manera: "No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección. Para los demás, una naturaleza contraída dentro de ciertas leyes que les hemos prescrito. Tú, no sometido a cauces algunos angostos, te la definirás según tu arbitrio al que te entregué. Te coloqué en el centro del mundo, para que volvieras más cómodamente la vista a tu alrededor y miraras todo lo que hay en ese mundo. Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión". ¡Oh sin par generosidad de Dios Padre, altísima y admirable dicha del hombre! Al que le fue dado tener lo que desea, ser lo que quisiere. Los brutos, nada más nacidos, ya traen consigo (como dice Lucilio) del vientre de su madre lo que han de poseer. Los espíritus superiores, desde el comienzo, opoco después, ya fueron lo que han de ser por eternidades sin término. Al hombre, en su nacimiento, le infundió el Padre toda suerte de semillas, gérmenes de todo género de vida. Lo que cada cual cultivare, aquello florecerá y dará su fruto dentro de él.

Asentado lo cual surge inmediatamente la Teología de los hebreos como método y el santo Enoch-Metatron, nada menos, como intermediario.

No sin razón dijo Asclepio ateniense que el hombre, en razón de su naturaleza mudadiza y trasformadora de sí misma, era representado en los relatos místicos por Proteo. De ahí aquellas metamorfosis de hebreos y pitagóricos. Porque la teología más secreta de los hebreos, ya trasfigura al santo Enoch en un ángel de la deidad, a quien llaman hnyk#h K)lm,* ya en diversas realidades divinas.160

Y en la página 110 y 111:

Nosotros, pues, emulando en la tierra la vida querúbea, purgaremos nuestra alma, refrenando, por medio de la ciencia moral, los ímpetus de nuestras pasiones, disipando con la dialéctica las tinieblas de la razón, expeliendo así las inmundicias de la ignorancia y de los vicios, de forma que, ni se desboquen indómitos nuestros afectos, ni caiga inconsideradamente nuestra razón en trances de delirio. Entonces venga la filosofía natural a bañar con su luz nuestra alma, ya bien recompuesta y purificada, y, finalmente, la lleve a la perfección con el conocimiento de las cosas divinas. Y para no quedarnos en los nuestros, preguntemos al patriarca Jacob, cuya figura resplandece en trono de gloria. Nos instruirá este sapientísimo Padre, dormido acá en el suelo y vigilante allá en la altura; y lo hará por modo de alegoría (así les acontecía en todo), diciéndonos que hay una escala apoyada en la Tierra y alargada hasta el último Cielo, señalada con un gran número de gradas, con el Señor arriba sentado en lo alto, y los ángeles contemplativos alternativamente subiendo y bajando por las gradas.

Y ni esto bastará si queremos ser compañeros de los ángeles discurriendo por la escala de Jacob, si previamente no somos entrenados e instruidos para avanzar debidamente de peldaño en peldaño, para no salirnos nunca de la escala y para acertar en nuestros movimientos alternativos por ella. Y cuando ya, por el arte sermocinal o racional, hayamos conquistado esto, entonces, vivificados por el espíritu querúbeo, filosofando por los grados de la escala, es decir, de la naturaleza, yendo por todas las cosas con un movimiento de centro al centro, o bien descenderemos, disolviendo el Uno en la multitud, con fuerza titánica, como Osiris, o bien ascenderemos, recogiendo los miembros de Osiris, tornándolos a la Unidad, con fuerza apolínea, hasta que, finalmente, lleguemos a la consumación, descansando con felicidad teológica en el seno del Padre, que está en lo más alto de la escala.

Y sigue enunciando su discurso donde ya aparecen Hermes y Pitágoras.

Tan blandamente llamados, tan benignamente invitados, volando con pies alados, como otros Mercurios terrestres, a los abrazos de la madre bienhadada, gozaremos de la deseada paz, paz santísima con unión indisoluble, en amistad unánime, en que todas las almas no sólo concuerdan con una Mente que es sobre toda mente, sino que en un cierto modo inefable, se hacen por completo una cosa con ella. Esta es aquella amistad que dicen los pitagóricos ser el fin de toda la filosofía. Esta aquella paz que se labra Dios en sus alturas, la que los ángeles, descendiendo a la tierra, anunciaron a los hombres de buena voluntad, para que, por ella, los mismos hombres, ascendiendo hasta el Cielo, se hicieran ángeles. Esta paz deseemos para los amigos, ésta para nuestro tiempo, ésta para toda casa en que entremos; ésta deseemos para nuestra alma, de forma que, por la misma, se haga ella morada de Dios; que después de haber lanzado, por virtud de la moral y la dialéctica, todas sus inmundicias, tras haberse embellecido con las diversas partes de la filosofía como con un atuendo de corte, y haber coronado los dinteles de las puertas con las guirnaldas de la Teología, descienda el Rey de la gloria, quien, viniendo con el Padre, ponga en ella su morada. Si se hace digna de tan gran huésped, más bien inmensa clemencia suya, engalanada con un vestido de oro, como manto nupcial, rodeada de la multicolor variedad de las ciencias, recibirá al hermoso huésped no ya como huésped, sino como esposo, para nunca más separarse del cual deseará antes ser arrancada de su pueblo y de su casa paterna, más aún, olvidada de sí misma, ansiará morir así para vivir en el esposo, a cuya vista es preciosa la muerte de sus santos, aquella muerte, si cabe llamarla muerte, mejor plenitud de vida, en cuya consideración pusieron los sabios el oficio de la filosofía.161

Pero la concordancia no alcanza tan sólo a judíos y cristianos sino a los griegos y al proceso de iniciación, o sea el de obtención del Conocimiento.

Pero ni sólo Moisés, o los misterios cristianos, también la teología de los Antiguos nos muestra los bienes y la dignidad de las artes liberales, en cuya discusión estoy metido. ¿Qué otra cosa significan, en efecto, los grados de los iniciados observados en los misterios de los griegos? En los cuales, purificados primero mediante aquellas, que hemos dicho artes expiatorias, a saber, la moral y la dialéctica, les llegaba la recepción en los misterios. ¿Qué otra cosa puede ser eso sino la investigación de los secretos de la naturaleza mediante la filosofía natural? Entonces, ya así preparados, venía aquella e0poptei/a, es decir, la contemplación de las cosas divinas mediante la luz de la Teología. ¿Quién no anhelará ser iniciado en semejantes misterios? ¿Quién, despreciando todo lo humano, hollando los bienes de la fortuna, descuidado del cuerpo, no deseará, todavía habitante de esta tierra, ser comensal de los dioses, y embriagado con el néctar de eternidad, mortal animal aún, recibir el regalo de la inmortalidad? ¿Quién no querrá ser arrebatado por los transportes aquellos de Sócrates que describe Platón en el Fedro, y, remando con pies y alas, en velocísima carrera, huir de aquí, de este mundo, todo dominado por el maligno, y ser llevado a la Jerusalén celestial?

Y entusiasmándose:

Seremos transportados, Padres, seremos arrebatados por los entusiasmos socráticos, que nos sacarán de tal manera fuera de nosotros mismos, que pondrán a nuestra mente y a nosotros mismos en Dios. Seremos así llevados, si antes hubiéremos hecho lo que está en nuestro poder. Si, efectivamente, por la moral, las fuerzas de los apetitos van dirigidas por sus cauces regulares según las debidas funciones, de modo que resulte de ello un concierto acordado, sin disonancias perturbadoras; y, si, por la dialéctica, se mueve la razón avanzando hacia su propio orden y medida; tocados por el arrebato de las Musas, henchiremos nuestros oídos con la armonía celeste. Entonces el corifeo de las Musas, Baco, revelándonos a nosotros filosofantes, en sus misterios, es decir, en los signos de la naturaleza visible, lo invisible de Dios, nos embriagará con la abundancia de la casa de Dios, en toda la cual si somos, como Moisés fieles, haciendo su entrada la Teología, nos enardecerá con un doble ímpetu: por un lado encumbrados a aquel elevadísimo mirador, midiendo desde allí con la eternidad indivisible lo que es, lo que será y lo que fue, y contemplando la Primera Hermosura, seremos amadores alados de ella como apolíneos vates, y por otro, pulsados como por un plectro por el amor inefable, convertidos en encendidos Serafines, fuera de nosotros, henchidos de Divinidad, no seremos ya nosotros mismos, seremos Aquel mismo que nos hizo.162

Y en las páginas 120-122, testimoniando y derivando a un tema que hoy es tan actual como cuando Pico lo enunciara:

Pues todo esto que es filosofar (tal es la desgracia de nuestro tiempo) tira más a desprecio e injuria que a honor y gloria. Hasta este grado penetró ya en la mente de casi todos esta nefasta y monstruosa creencia de que en modo alguno hay que filosofar, o sólo por pocos, como si en el explorar hasta lo último y hacerse familiar las causas de las cosas, los usos de la naturaleza, el sentido del universo, los designios de Dios, los misterios de los cielos y de la Tierra, no hubiera más que el interés de granjearse algún favor o de proporcionarse algún lucro. Se ha llegado (¡oh dolor!) hasta no tenerse por sabios sino a los que convierten en mercenario el cultivo de la sabiduría, y se da así el espectáculo de una púdica Minerva, huésped de los mortales por regalo de los dioses, arrojada, gritada, silbada.

Como se ve se trata de los falsos sabios "especialistas" y "filólogos", los "pedantes gramáticos" detestados por Bruno y a los que Pico rechaza tanto como a los astrólogos y su mediocridad hortera, propia de los falsos filósofos:

Me concederé esto a mí, y no me avergonzaré de alabarme por no haberme puesto a filosofar por otra causa sino por el filosofar mismo, ni esperar o buscar de mis estudios y de mis elucubraciones otra recompensa o fruto que el cultivo del espíritu y el conocimiento de la verdad, siempre y en alto grado deseada. Tan deseoso y apasionado por ella siempre fui que, desechado todo cuidado de asuntos privados y públicos, me entregué todo al ocio de la contemplación, del cual ningunas murmuraciones de los envidiosos, ningún dicterio de los enemigos de la sabiduría me pudieron hasta ahora, ni en lo futuro me podrán apartar. Me enseñó la misma filosofía a depender de mi propio sentir más que de los juicios de otros, y a cuidar, no tanto de no andar en las lenguas maldicientes, cuanto de no decir ni hacer yo mismo algo malo.

Y apunta, como al pasar, algo que ya ha establecido:163

Siendo así que toda la sabiduría derivó a los griegos de los bárbaros, y de los griegos a nosotros.

Aunque de ninguna manera descarta, bien por el contrario, afirma, la originalidad dentro de la Tradición sapiencial.

Así fue constante proceder de los nuestros, al hacer filosofía, al apoyarse en descubrimientos ajenos y cultivar los campos de otros. ¿Qué sería ocuparse de los peripatéticos en la filosofía natural si no se traía también a cuento la Academia de los platónicos, cuyas enseñanzas, en especial sobre las cosas divinas, se han tenido (testigo Agustín) entre todas las filosofías como la más santa, y, por primera vez, que yo sepa (y que no se tome a mal la palabra), después de muchos siglos, ha sido traída por mí a público examen y disputa? ¿A qué venía el tratar de las opiniones de los otros, sin exclusión, si, convidados a este banquete de sabios, entráramos sin escotar lo nuestro, sin aportar nada propio, ningún parto del ingenio y trabajo de nuestra parte? Ciertamente, no es de bien nacidos (como dice Séneca) el saber circunscrito a glosas, como si los descubrimientos de los mayores nos hubieran cerrado los caminos a nuestro ingenio, como si se hubiera agotado en nosotros el vigor de la naturaleza, sin fuerza ya para engendrar por sí mismo algo nuevo que, si no vale para demostrar la verdad, sí al menos para insinuarla siquiera de lejos. Pues si en el campo el agricultor y en la mujer el marido aborrecen la esterilidad, no menos aborrecerá al alma infecunda una mente divina a ella pegada, cuando sobre todo espera de ella una mucho más noble prole.

Así es que:

Por todo ello, no contento yo con haber añadido a las doctrinas comunes otras muchas de la antigua teología de Mercurio Trismegisto, muchas de las enseñanzas de los caldeos y de Pitágoras, muchas de las más arcanas de los misterios de los hebreos, propusimos a disputa también una multitud de cosas halladas y meditadas por nosotros tocantes a asuntos naturales y divinos.

Advirtiendo igualmente de la presencia escolástica y aristotélica:

Añadimos muchos pasajes en los que los pareceres de Escoto y Tomás, los de Averroes y Avicena, que se tienen por discordantes, afirmamos que concuerdan entre sí.

Y volviendo sobre el tema:

En segundo lugar hemos puesto lo que pensamos de la filosofía, tanto aristotélica como platónica, más otras setenta y dos nuevas tesis físicas y metafísicas, las cuales, si alguien las sostiene, podrá (si no me engaño), como será para mí en breve manifiesto, resolver cualquier cuestión de las cosas naturales y divinas, mediante un razonamiento muy distinto de aquel que hemos aprendido en la filosofía que se enseña en las escuelas y que se cultiva por los doctores del tiempo.

Ni era tanto, Padres, cosa de admirarse el que yo, en mi tierna edad, cuando apenas me fue dado el leer los comentarios de otros (como algunos alegan), quisiera traer una nueva filosofía, cuanto de alabarla si se defendía bien, o de condenarla si era reprobable, y, en fin, puestos a juzgar nuestras invenciones y escritos no tanto contar los años del autor, cuanto sus méritos o servicios.

Luego pasa al complejo asunto de la Aritmosofía que no es sino la ciencia sagrada de los números, de la que dará cuenta posteriormente J. Reuchlin, su amigo y seguidor alemán.

Existe además, aparte de la que hemos aducido, otra forma nueva de filosofar por vía de números; forma antigua que fue practicada por los teólogos primitivos, por Pitágoras el principal, por Aglaofemo, Filolao, Platón y los primeros platónicos, pero que en este tiempo, como otras cosas preclaras, por la incuria de los posteriores, tanto cayó en desuso que apenas se hallan de ella vestigios. Escribe Platón en la Epínomis que entre todas las artes liberales y ciencias especulativas, la principal y máximamente divina es la ciencia de los números. Preguntándose por qué el hombre es un animal sapientísimo, se responde: porque sabe contar. De esta afirmación se hace eco Aristóteles en los Problemas. Escribe Abumasar que fue un decir de Avenzoar babilonio que aquél que sabía contar sabía todo. Lo cual no puede en modo alguno ser verdadero si por arte de contar entendemos el arte ese en el que, por encima de todos, nuestros mercaderes son peritísimos, lo que corrobora Platón cuando nos advierte, poniendo énfasis en el dicho, que no pensemos que esta divina aritmética es la aritmética mercantil. Creyendo, pues, que tras muchas elucubraciones, he llegado a explorar esa aritmética tan enaltecida, lanzado ya a esta aventurada empresa, prometí responder públicamente, utilizando los números, a setenta y cuatro cuestiones que cuentan entre las principales de la ciencia física y la ciencia divina.

Para ocuparse a continuación de la magia:

También hemos introducido proposiciones mágicas, en las cuales aclaramos que hay dos clases de magia; una consistente toda ella en obra y poder de los demonios, cosa, por Júpiter, execrada y horrenda; otra que, si bien se examina, no es sino consumada filosofía natural. De una y otra haciendo mención los griegos, nunca otorgan el nombre de magia a aquella primera, a la que denominan gohtei/an, hechicería, a la segunda llaman con propia apelación magei/an, como perfecta y suprema sabiduría. Porque lo mismo suena, según Porfirio, mago en lengua persa, que entre nosotros intérprete y aficionado a las cosas divinas. Grande y diré que extremada es, Padres, la disparidad y desemejanza entre ambas artes. Aquella primera es condenada y execrada no sólo por la cristiana religión, sino también por todas las leyes, por toda bien establecida república. Esta segunda la aprueban y abrazan todos los sabios, todos los pueblos interesados por las cosas celestes y divinas. Aquélla es la más fraudulenta de todas las artes, ésta es la más alta y santa filosofía. Aquélla nula y vana, ésta firme, fiel y sólida. Aquélla, los que la cultivaron, siempre lo encubrieron, por ceder en ignominia y deshonra de su autor; de ésta derivó en la antigüedad, y casi siempre, gran lustre y gloria del saber; de aquélla nunca se ocupó el varón dado a la filosofía, ni el codicioso de iniciarse en buenas artes; para aprender ésta navegaron Pitágoras, Empédocles, Demócrito, Platón, la predicaron a su vuelta y la guardaron entre sus secretos como la más estimable. Aquélla, como no se prueba con argumentos ciertos, tampoco tiene seguros patronos; ésta, honorable por los que llamaríamos sus ilustres progenitores, tiene como adalides principalmente a dos: Zamolxides, al que siguió Abbaris, el hiperbóreo, y Zoroastro, no el que quizá pensáis, sino el hijo aquél de Oromaso. Si preguntamos a Platón qué género de magia es el de ambos, nos responderá en el Alcibíades que la magia de Zoroastro no es otra cosa que la ciencia de las cosas divinas, con la que los reyes persas educaban a sus hijos, a fin de que, con el ejemplo delante de la república del mundo físico, aprendieran a regir su propia república. Responderá en el Cármides, que la magia de Zamolxides es la medicina del alma, a saber, que por ella se proporciona al alma el equilibrio, como mediante aquella otra la salud al cuerpo. En las huellas de éstosse afirmaron después Caranda, Damigerón, Apolonio, Hostanes y Dárdano.

Y sabiamente apunta que:

Las siguió Homero, del cual algún día demostraremos en nuestra Teología poética que, bajo capa de los viajes de su Ulises, encubrió, igual que las demás, también esta sabiduría.

Y prosigue enmarcando ahora la acción teúrgica:

Entre los más recientes que hayan seguido su rastro por el olfato encuentro tres, Alkindi árabe, Rogerio Bacon y Guillermo Parisiense. La evoca también Plotino cuando muestra que el mago es un servidor y no un artífice de la naturaleza; esta clase de magia la aprueba y confirma, varón sapientísimo, de tal manera detestador de la otra, que invitado a tomar parte en los misterios de los malos demonios, dijo que más justo sería que ellos vinieran a él que no él a ellos, y con razón. Porque así como aquélla hace al hombre atado y esclavo de los malignos poderes, ésta, a la inversa, le vuelve soberano y dueño de ellos. Aquélla, finalmente, no puede arrogarse el nombre de arte ni de ciencia; ésta, inmersa en misterios altísimos, abarca la contemplación profundísima de las cosas más secretas y, en conclusión, el conocimiento de toda la naturaleza. Esta, buceando a través de las fuerzas esparcidas por don gratuito de Dios, y las insertas a modo de semillas en el mundo, como sacándolas de los escondrijos a la luz, más que realizar milagros, sirve diligentemente a la naturaleza que los hace; entrando escrutadoramente en la armonía del universo, tan significativamente apellidado por los griegos sympátheia, y con un conocimiento perspicaz y respectivo de las diferentes naturalezas, para lo que pulsa arteramente los caprichos de cada una, lo que suele decirse los iúgges sortilegios de los magos, saca afuera los milagros escondidos en los escondrijos del mundo, en el seno de la naturaleza, en las despensas y arcanos de Dios, como si ella fuera el Artífice; y a la manera como el labrador junta los olmos con las vides, así el mago casa el Cielo con la Tierra, es decir, lo inferior con las dotes y virtudes de lo superior. De lo cual resulta que todo lo que aquélla es de fantasiosa y nociva, ésta lo es de divina y saludable. Por esto principalmente, porque aquélla, haciendo esclavo al hombre de los enemigos de Dios, lo aparta de Dios; ésta despierta admiración de la obra de Dios, que tiene como secuela certísima la rendida caridad, la fe y la esperanza. Pues nada contribuye más a la religión y a la adoración de Dios que la asidua contemplación de sus maravillas; pues cuando las hubiéremos explorado con esta magia natural de la que hablamos, espoleados más ardientemente a un gran amor del Artífice, nos veremos impulsados a cantar aquello de: "Llenos están los cielos, llena la tierra toda de la majestad de tu gloria". Y esto baste sobre la magia, de la cual hemos dicho todo esto porque sé que hay muchos que, igual que los canes ladran siempre a los extraños, éstos muchas veces condenan y detestan lo que ignoran.

Pasando al pensamiento del Areopagita como introducción a Moisés y el pensamiento cabalístico:

Lo corrobora entre todos Dionisio Areopagita, quien dice que los más secretos misterios fueron trasmitidos por los autores de nuestra religión ék noû eis noûn diá lógon, mente a mente sin escritura, por mediación de la palabra. Cuando exactamente del mismo modo, por mandato de Dios, se había de revelar aquella auténtica interpretación de la ley confiada por modo divino a Moisés; se llamó a eso Cábala, que para los hebreos es lo mismo que para nosotros recepción. Por esto justamente, porque aquella doctrina no había de ser trasmitida por documentos escritos, sino pasando de uno a otro, como por cierto derecho hereditario, a través de la serie regular de las sucesivas revelaciones.

Pero cuando una vez vueltos los hebreos de la cautividad de Babilonia por obra de Ciro, y restaurado el Templo bajo Zorobabel, se aplicaron a restablecer la ley, Esdras, al frente entonces de la asamblea, una vez corregido el libro de Moisés, comprendiendo claramente que, en razón de los destierros, matanzas, huidas, cautiverio del pueblo de Israel, no era posible conservar la costumbre establecida por los antepasados de trasmitir la doctrina de mano en mano, y que llegaría el tiempo en que se perderían los secretos de la celeste doctrina divinamente a él confiada, cuya memoria no podría durar mucho, faltando las glosas, determinó que, reunidos los sabios que aún quedaban, pusiese cada uno en común lo que recordase de memoria tocante a los secretos de la ley, y que, bajo la fe de escribanos, se redactase todo ello en setenta volúmenes (a tenor del número usual de los sabios del Sanedrín). No me creáis a mí solo en esto, Padres. Oíd a Esdras mismo que habla así: "Pasados cuarenta días, habló el Altísimo diciendo: Lo que escribiste primero hazlo público, que lo lean los dignos y los indignos, pero los últimos setenta libros los conservarás para entregarlos a los sabios de tu pueblo. Pues en éstos está la vena del intelecto, la fuente de la sabiduría y el río de la ciencia. Y así lo hice". Así Esdras al pie de la letra. Estos son los libros de la ciencia de la Cábala. Esdras comenzó diciendo con perceptible voz que en los libros se encerraban la vena del intelecto, a saber, la inefable Teología de la superesencial Deidad, la fuente de la sabiduría, a saber, la rigurosa Metafísica de las formas inteligibles y angélicas, y el río de la ciencia, a saber, la solidísima Filosofía de las cosas naturales.

Y sabiendo que contamos con la paciencia del lector, pese a ser citas tan largas, dado el valor autobiográfico del testimonio del Fénix del Renacimiento:

Estos libros Sixto cuarto, Pontífice Máximo, que precedió inmediatamente al felizmente reinante Inocencio octavo, procuró con todo cuidado y empeño que se publicasen en lengua latina para pública utilidad de nuestra fe. Y cuando él murió, tres de ellos estaban ya a disposición de los latinos. Estos libros son tenidos hoy en tanto respeto por los hebreos que nadie por debajo de los cuarenta años es autorizado a tocarlos. Habiéndomelos yo procurado, con no pequeño gasto, y habiéndolos leído con suma diligencia, sin reparar en fatigas, descubrí en ellos (Dios me es testigo), no tanto la religión de Moisés, cuanto la de Cristo. Allí el misterio de la Trinidad, allí la Encarnación del Verbo, allí la divinidad del Mesías; sobre el pecado original, sobre la reparación de él por Cristo, sobre la Jerusalén celestial, sobre la caída de los demonios, sobre los coros de los ángeles, sobre el Purgatorio y sobre las penas del infierno, cosas leí iguales a las que a diario leemos en Pablo y en Dionisio, en Jerónimo y en Agustín. Y en lo que atañe a la Filosofía, estaréis oyendo ni más ni menos a Pitágoras y a Platón, cuyas doctrinas tan afines son a la fe cristiana, que nuestro Agustín no se cansaba de dar gracias a Dios por haber venido a sus manos los libros de los platónicos. En conclusión, apenas hay tema de controversia entre nosotros y los hebreos, en que no se les pueda retorcer el argumento y convencerles a base de estos libros de los cabalistas, de modo que no quede rincón alguno donde se parapeten. Para lo cual me apoyo en el testimonio fundadísimo de Antonio Crónico, varón eruditísimo, el cual, estando yo en su casa en un banquete, oyó con sus propios oídos a Dáctilo, hebreo perito en esta ciencia, terminar entregado de pies y manos coincidiendo con la doctrina cristiana de la Trinidad.

Y recapitulando:

Pero volviendo a la reseña de los principales capítulos de mi Disputa, pusimos nuestra propia manera de interpretar los himnos de Orfeo y de Zoroastro. Orfeo entre los griegos se lee casi entero, Zoroastro entre ellos, mutilado, entre los Caldeos más completo. A ambos tengo por padres y fundadores de la sabiduría antigua.

Y con naturalidad y desenfado:

… escribe Jámblico calcidio que Pitágoras tuvo la teología órfica por modelo y, a tenor de ella, plasmó y conformó su filosofía, y no por otra razón miran como sagrados los dichos de Pitágoras, sino porque derivaron de las tradiciones órficas; de allí la doctrina oculta de los números; y cuanto de grave y sublime tuvo la filosofía griega, de allí fluyó como de su primer manantial. Mas conforme al uso de los antiguos teólogos, también Orfeo entretejió los secretos de sus doctrinas con aderezos de fantasía y los encubrió con ropaje poético, con el fin de que quien leyere sus himnos pensase que contienen sólo cuentecillos de fábula y purísimas chanzas. Lo que quiero quede dicho para que se aprecie bien cuánto trabajo, cuánta dificultad me supuso el sacar de las envolturas de los enigmas, de los escondrijos de las fábulas, los ocultos sentidos de una filosofía arcana, sobre todo, en cosa tan grave, tan escondida y tan inexplorada, sin ayuda alguna de la labor y diligencia de otros intérpretes.

Para poner donde es debido un gran final:

Y todavía (lo diré, aunque ni con modestia ni según mi estilo) lo diré, sin embargo, pues me fuerzan a ello los malévolos, quise con este certamen mío dar fe, no tanto de que es mucho lo que sé, cuanto de que sé lo que muchos no saben.

Digno de aquel osado personaje que intentó cambiar el rumbo de la Iglesia, que ya se precipitaba en la Reforma (y posterior Contrarreforma) y las guerras religiosas y la Inquisición que se opusieron a los principios de la Paz, lograda por la Concordia de nuestro conde basada en la Inmensa Dignidad del Hombre, su libertad, origen de todos los derechos –y deberes– humanos.

¿Murió asesinado?

NOTAS
*
152 Entre los que queremos señalar: Eugenio Garín, además de esta charla llamada Giovanni Pico della Mirandola, Conferencia pronunciada en Mirandola, Parma, 1963, ver su estudio en L'Opera e il Pensiero di Giovanni Pico della Mirandola nella Storia Dell'Umanesimo, 2 tomos, titulada La interpretazione del pensiero de Giovanni Pico, tomo 1, pág. 3, Instituto Nazionale di studi sul Rinascimento, Florencia, 1965. También Leonardo e Pico, Analogie, contatti, confronti, recientemente publicado, a cargo de Fabio Frosini, Olschki Editore, 2005. A raíz del quinto centenario del fallecimiento apareció, Giovanni Pico della Mirandola, a cargo de Gian Carlo Garfagnini, 2 tomos, Olschki Editore, Florencia, 1997.
153 ¡Cómo no iba a ser envidiado!
154 Ver Jean Pic de la Mirandole, Oeuvres Philosophiques. Presses Universitaires de France, París, 1993, también incluye edición del Heptaplus; Pic de la Mirandole, Commentaire sur une chanson d'amour de Jérôme Benivieni. Traducción y presentación de Patricia Mari-Fabre, Éditions de la Maisnie, Guy Trédaniel Éditeur, París, 1991.
155

Jean Pic de la Mirandole, Neuf cents conclusions, philosophiques, cabalistiques et théologiques. Traducción del latín y presentación por Bertrand Schefer, Éditions Allia, París, 2002.

156 Ver nota 39 capítulo I, "El Tema", donde está la primera mención.
157 Haciendo honor a su título nobiliario, asunto que seguramente ocupó de modo fugaz a su mente, según la sintaxis teúrgica.
158 Pico de la Mirandola, De la Dignidad del Hombre. Editora Nacional, Madrid, 1984, pág. 40. Seguida por la carta a Hermolao Bárbaro, amigo y patricio veneciano y Del Ente y el Uno, su otra obra importante junto con el Heptaplus.
159 Pocas son las obras autobiográficas en materia de Cábala o simplemente mística judeocristiana y por lo tanto mayor su valor esencial. Ver Jewish Mystical Autobiographies, Book of Visions and Book of Secrets. Traducción e introducción por Morris M. Faierstein, prefacio M. Idel, Paulist Press, New Jersey, 1999.
160 De la Dignidad del Hombre, op. cit., pág. 105-106.
161 Ibid., pág. 113-114.
162 Ibid., pág. 115-116.
163 Ibid., pág. 128 y ss.